De acuerdo a Martínez (1999), se entiende por matriz epistémica la base o plataforma de toda
cosmovisión, ideología, teoría, paradigma científico y método. Está compuesta por una serie de axiomas, postulados y supuestos que
establecen las condiciones de pensar, que cabe aclarar, no son conceptos o ideas,
sino modos de percepción. Estos modos
de percepción y formas de construir conocimiento definen el tipo de
conocimiento que cada época e individuo construye, pues posibilita y
simultáneamente limita sus interpretaciones, juicios, cuestionamientos y conclusiones.
En
otras palabras, “lo que se recibe, se recibe de acuerdo a la forma del recipiente”, entendiendo que el recipiente es la matriz epistémica
subyacente. Los supuestos, axiomas y postulados que se validan, bien sea por la
experiencia personal o por el condicionamiento psicológico, permiten que cada
individuo vaya construyendo su conocimiento en relación a la interpretación de
sus experiencias. Este conocimiento, en retroalimentación, permite replantear o reforzar
los supuestos y postulados que lo fundamentan.
Por tanto las diferentes formas de
conocer son un sistema complejo conformado esencialmente por modos de percepción,
experiencias e interpretaciones que se retroalimentan entre sí, y sobre los
cuales no es posible establecer un punto de observación objetivo, pues siempre el
observador está inmerso en su propia matriz epistémica. Por tal motivo toda descripción es
solamente una posible interpretación de la realidad (Lagos-Garay, 2004), una
realidad que siempre esta “expuesta a nuestro modo de cuestionamiento”
.Es por esto que las maneras en que se construye, se valora y se
valida el conocimiento, es decir, las posturas epistemológicas, no son
universales. No obstante, la ciencia moderna pretendió instituir a la racionalidad analítica y
al rigor cuantitativo como el fundamento de la legitimidad del conocimiento, apoyado por
la razón instrumental y económica predominante. Desde mediados del siglo XX
este supuesto ha sido motivo de un profundo debate, cuyos aportes han obtenido una
atención y aceptación marginal y por ende han sido poco difundidos en los
ambientes académicos y científicos.
Esto se debe a que indudablemente
la ciencia positivista ha realizado aportes muy significativos a la humanidad
(p. ej. en transporte, medicina, comunicación, etc.). Por estos éxitos, muchos de sus
supuestos se siguen aplicando con cierta ingenuidad, mientras que conocimientos y
teorías generados desde visiones alternativas generan mucho escepticismo y por
desconocimiento son precipitadamente devaluados.
Además las posiciones éticas de la
ciencia positivista siguen siendo ambivalentes al permitir también prácticas
científicas que atentan contra la integridad humana y ambiental. Son estas las razones para
considerar indispensable evidenciar y demostrar justamente las bases epistemológicas que
posibilitan y justifican estas problemáticas y a la vez aportar algunos elementos para
fundamentar un pensamiento ambiental orgánico.
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